Sigue oscuro. Ha llovido. Un
canto acogedor pasa por la calle Makdessi, barrio de Hamra, y entra por mi
ventana en el hotel Embassy de escaleras alfombradas en rojo. Es el fajr,
rezo musulmán a las 5:40am que sale de los altavoces, arriba en las atalayas sobre
la ciudad. Es el centro de Beirut, cerca de donde se levanta gruesa y color
arena la mezquita Mohammad Al Amin y sus cúpulas turquesas, cerca al mar y a
pocos metros del parlamento, escenario principal, junto a Hamra, de la “semana
de la ira”.
Así nombran los libaneses a este acontecimiento que
inició el 13 de enero y se extiende dentro de los más de noventa días de saura
(revolución) iniciada en octubre. Se reclama un gobierno constituido
por profesionales técnicos sin vínculos partidistas.
Revienta un ruido para dispersar gente. Es la noche del
17. Las calles son cuadrículas. Arde un pequeño montón de cartón. La
respiración pica, flotan partículas de gas lacrimógeno. Cerca, una
manifestación frente a la ya destrozada y ahora protegida sede del Banco
nacional libanés. Asociados al usureo en un sistema envilecido e impopular, los
bancos limitan el retiro a los ahorradores para evitar la caída de liquidez. Hace
dos días la saña vandalizó los bancos en esta zona turística.
La corrupción en una economía rescatada en abril de 2018
por los 10 mil millones de euros prometidos por la UE, EE. UU., Arabia Saudí
(entre otros), más el impuesto que en octubre 2019 se pretendió aplicar a los
mensajes de voz por WhatsApp, sacaron a los jóvenes a la calle y a Saad Hariri del
primer ministerio.
Este cambio que piden gritando saura reclama un
gobierno pragmático alejado del lobby político-religioso, que saque al Líbano
de la crisis, del puesto 138 de 180 en el ranking de corrupción de
Transparencia Internacional y de ser el tercer país más endeudado del
mundo.
Herencia de la política colonial anglo-francesa que
repartió la zona entre 1914 y 1945, Líbano organiza su gobierno en cuotas
confesionales que dosifican el poder entre cristianos maronitas, musulmanes
chiíes y sunís.
Hezbolá es el partido político chií. Tiene una
participación clave en la formación de gobiernos, es aliado de Irán,
antiisraelí y tiene un ejército paralelo al libanés y es “terrorista” en el
inventario de EE. UU.
A pie al Museo nacional de Beirut, siguiendo el Google
Maps, se puede perder uno y entrar por una calle en un barrio decorado con un
poster de un miliciano orgulloso y su rifle, fotos del general Sulleimani
asesinado por EE. UU. y banderas de lo que reconocí eran los colores y el fusil
de Hezbolá asomando entre casitas apretadas y delgadas. No hago ninguna foto,
ni pregunto si puedo hacer una. Identifico la salida y salgo.
El mito, embrollado con la historia del arte, narra que
Zeus disfrazado de buey raptó en Tyro (Líbano) a una diosa y nadó hasta Creta con
ella sobre su lomo. La doncella se llamaba Europa. En Hamra transita la vida
turística, comercial, local y multicutural en un país donde nació occidente, cuya
diáspora registra alrededor de ocho millones de libaneses y sus remesas
representaron el 10% del PIB libanés en 2017 y donde llega Estados Unidos
montado en Starbucks, en las camionetas HUMMER de la ONU o del ejército, en las
4x4 o en las universidades con las palabras “American” y “University”.
Hoteles lujosos frente al mar y con vistas a las montañas
con pistas de ski, edificios en cemento, vacíos, con huecos de mortero y
agujeros en vez de ventanas; los más altos son barracas militares en la base y
las casas de los cincuenta esconden sus capiteles entre plantas silvestres. La
arquitectura resiste con belleza agotada por la guerra civil (1975-1990) y por
las ocupaciones israelís (en diferentes periodos entre 1978 y el 2006).
En Hamra, los postes de luz apenas iluminan o están
apagados, las luces de la calle salen de lado desde los cafés locales y de las tiendas,
se mueven en las luces amarillo gastado de un taxi Mercedes clásico de los 80, intercalan
rojo y verde la acera desde el semáforo, el punto naranja de una colilla de
cigarrillos, el humo sobre la calle a medio iluminar o una línea azul eléctrico
que anuncia una barra de vinos. Hay un déficit energético. Todos los días, tal
vez cada hora, se va la luz. Pasan unos segundos. Se enciende. En toda la
ciudad. Como si existiese un interruptor para eso.
Desde el Sursock Museum, que alberga en su palacio la modernidad
y compromiso del arte levantino (Siria, Palestina y Líbano), se llega al hotel
cruzando el parlamento. Los militares detienen a quien lleve mochila. La abre.
La revisa. Pasa -mueve la mano-, mirando al siguiente. Hay gente, arengas,
una barrera, un cerco policial, un camión con cañón de agua, un cerco militar y
el parlamento.
Una tarde en la semana de la furia. Un camioncito anima
con los altavoces. Un remolino se forma ante las vallas. Quieren quitar las
púas, sacuden las vallas, se acumulan, alborotan. Porrazos desde el otro lado.
Se encrespan, remecen más las vallas, se suben a las barreras, la gente desde
atrás se entusiasma, empuja hacia adelante y aparecen cuatro, trotando, arrimando
con su paso, cargando una vaya y usando su impulso la tiran por encima del
cerco sobre los policías. Algarabía.
Se asoman por encima y detrás del cerco policial las
luces del camión-cañón de agua.
Gases, piedras, esquivarlas, los policías las tiran de
vuelta, cae un pedazo grande de tierra sólida y se hunde en el suelo haciendo
un sonido ahogado y hondo. Los gases empujan a la muchedumbre, el cañón de agua
hace un rápido ruido neumático-electrónico, apunta directo, es un ser
antidisturbios, ilumina y dispara un chorro intenso, tres caen empujados, el
resto se dispersa, pican los ojos, se reagrupa la gente, rompen cosas y cargan
contra la barrera. Gases.
Finalmente, el barullo empuja a la muchedumbre. Me empuja.
Llego a Makdessi, una sopa caliente de pollo, algas y
champiñones que huele a pescado en el fastfood amarillo con barra “asiática”
atendido por inmigrantes filipinos y donde en la
entrada una mujer que deja ver sus ojos fenicios tras el hijab pide dinero con sus
pequeños.
El 22 de enero el primer ministro desde octubre, Hassan
Diab, anunció que después de tres meses se formó el gabinete “idóneo”: profesionales
técnicos y sin enlaces político-religiosos. Esto será un reto en un gobierno
donde, por ejemplo, el presidente Michel Aoun, cristiano, tiene el apoyo de la alianza
con Hezbolá.
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